Una historia interminable…

Una historia interminable…

Era una fría y clara noche de invierno, de ésas que apetece tumbarse en el sofá arropada con una manta y leer el libro que te tiene tan intrigada, pero Celeste, como cada luna llena desde que cumplió los 18 años, se sentía atraída por el exterior, necesitaba imperiosamente salir a la calle. A otros el sol les da la energía y vitalidad que necesitan; A Celeste, en cambio, era la luna, y más concretamente  la luna llena, la que le suministraba la fuerza y el vigor para seguir viviendo.

Algunas noches se perdía por el Sendero de Fantasía, y otras paseaba atraída por la Calle de las Tentaciones, pero esa noche decidió (o fue la luna) que se adentraría en la Avenida de los Sueños y así lo hizo. Llevaba tan sólo recorrido unos metros, cuando de repente se encontró con…

DaleAlCoco

… con un enano vestido de amarillo, quien, alegremente, le dijo con voz de timbre musical: “Sigue el camino de baldosas amarillas”. Se trataba de un habitante de Pequeñilandia, como no le fue difícil adivinar por la frase y el tamaño del sujeto.
¡Coño, si estoy en una película!, pensó Celeste. Ya sólo falta que la Bruja Mala del Oeste quiera quitarme las zapatillas de deporte y que Totó me pegue un ñasco y me contagie la rabia.
Así estaba Celeste sumida en sus pensamientos cuando se dio cuenta de que el enano no se había ido, sino que seguía allí a su lado, con las manos cruzadas sobre su tripita respingona, y lo peor de todo: en su cara se había dibujado una sonrisa perversa, maliciosa.
Por supuesto, no era difícil adivinar tampoco qué se le estaba pasando por la cabeza al enano, pues en Pequeñilandia calzarse a una homo sapiens era como que un chaval de pueblo que no ha salido nunca de sus campos de cebollas se calce a una americana de los USA, pero no una americana de California, sino de la América profunda, de ésas que piensan que un beso en la mejilla ya es pecado.
Y como la sonrisa cada vez más grande del enano ya se estaba contagiando a otras partes de su cuerpo, Celeste decidió pasar a la acción y le dio un puntapié en la entrepierna, cayendo el enano dolorido y profiriendo tacos aquí impronunciables (entre otras cosas porque no conozco el idioma nativo de Pequeñilandia), momento que aprovechó nuestra protagonista para salir corriendo y escapar de esta parte de su sueño que tan peligrosa se había vuelto.
¿Que cómo escapó? Pues…

José Viera

…Quizás muchos piensen en un despertar sobresaltado, en un impás seguido de un respingo y un abrir de ojos. Un abrir de éstos para vislumbrar esa realidad distinta que se nos presenta cuando uno ya no duerme. Sin embargo no.
Fue un sentir extraño, un recuperar la firmeza de los pies en el suelo y la de los ojos en las cuencas. No veía ya con el alma el mundo ni podía ya hablar con las mientes, recuperaba sino las funciones corrientes de los órganos en estado no alterad; es decir: la potencia de la substancia se había reducido. Iba ya ésta desapareciendo tras varias horas de extasis emocional, y dejaba entrar Celeste cada vez más en ella la suma tristeza de la realidad bana que se le presentaba ahora y que la esperaba en su más cercano porvenir (pues no dudaba que repetiría tarde o temprano). Comenzó, pues, el descruce del muro, comenzó la caída: tanto la suya como la de sus lágrimas; lágrimas que lloraban, a su vez, tanto a causa del vislumbre de esa realidad ampliada, como por la reducida que observaba ahora y que estaba destinada a vivir la mayor parte de su vida, a no ser que decidiera dejarse envolver por esas sustancias tan atrayentes.
No pretendía intentar escribir lo sentido, ni tan siquiera describirlo en sí misma, pues resultaba que el lenguaje se encontraba, para ese campo, discapacitado o en reducida movilidad a su respecto, como se prefiere decir en estos tiempos.

Alba Ausente

…Y es que desde que se expresaba y ya no hablaba, se perdía; al final las palabras eran nada, si es que es eso posible. Celeste se dejaba ir por la Avenida del Sueño, pero por los callejones de la rutina naufragaba caminando en silencio, sola.

Lo peor sería pensar que sola estaba bien, quizá las lágrimas decían algo de eso, pues la vuelta a la realidad impuesta no era sino la vuelta a un teatro de máscaras que ocultaban, sí, pero que otras veces dejaban ver más de lo que guardaban en secreto. Este teatro a Celeste, que se había desnudado a la luna, que se lo había contado todo a las estrellas la noche que lo probó, este teatrillo de sombras se le quedaba pequeño a Celeste; más que pequeño, ajustado en su piel más profunda como una cárcel.

Pero el Tú era algo que ya no salía a mirar el cielo o el barro mientras hacían desaparecer el tiempo. Es más, Celeste había perdido cualquier esperanza de que viniese el Tú, y se conformaba con un tú, cualquiera o no. Pero una vez dentro de los muros de la realidad, todo parecía escrito ya y ya vivido, el porvenir se le mostraba simétrico a Celeste.

Se miró al espejo un momento…

Inefable

…y se dio cuenta de que algo se reflejaba en él. Una luz inconfundible, los rayos del sol. Se le había ido la noche entre sueños soñados y sueños pensados y el astro resplandeciente le mostraba sus añejas ojeras, fruto del trabajo bien hecho de no dormir de veras.
Desayunar, ducharse, vestirse empezando por el tronco… y así hasta echarse su mochila al hombro y bajar corriendo las escaleras desde su cuarto piso. Ese hábito perduraba en ella. Ese correr escaleras abajo le recordaba su niñez y le hacía mantenerse ilusionada durante los escasos momentos que duraba. Vida en las piernas y no pensar: ¡todo un gustazo para ella!
Ya en el autobús que la acercaba hasta su Facultad, algo le llamó la ateción. Una señora mayor, sentada en un asiento de pasillo la miraba descaradamente, con una sonrisa decorando su rostro. Abrió la boca y movió los labios. Celeste pudo escuchar perfectamente ese…

Israel Jota y Zeta

Sonido que ya conocía..la tetera. Que dramático despertar, con esa luz cegadora que suelen tener los días primaverales, con el ruido de los pájaros y el movimiento humano cercano.
Se dispuso a los deberes caseros que cada día hacía meticulosamente, hasta que caía rendida en su oscura y cálida habitación.. Cuando descendía hacia la cama recaía en su mente todas las tórridas escapadas que deseaba y soñaba, las aventuras que sabía que no viviría. El sol por fin descendía, de una forma muy lenta, dando una tenue voz a las estrellas, se asomó por varias ventanas buscando la luna, pero esa noche no apareció, acabó en el porche resignada con un café caliente y dulce en las manos.
Se sentía sola, aunque no lo estaba.. lentamente sucumbía en la tristeza de su vida donde las opciones y las oportunidades nunca aparecerían por su porche, ella soñaba que lograría por ella misma salir de allí y vivir de una manera distinta pero los miedos y las tradiciones la tenían bloqueada, y era incapaz a dar el paso.
Sabía que la prueba de escapar era una hazaña que no se podía permitir y que habían graves peligros que no podría vencer..

Mireia